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21/4/11

Un escalofrío recorrió su espalda estremeciéndola, pero no se rindió, no iba a renunciar a su sueño por haberse quitado la máscara que ella misma se puso, a su destino y a estar ahora mirándolo fijamente a los ojos. No, no iba a hacerlo, no iba a bajar la mirada, aún no…
Siguió mirando fijamente aquellos ojos negros, estaría allí hasta que dejara de temer lo que en ellos veía. Una fina línea roja en forma de relámpago los cruzaba de lado a lado, haciendo así que se describiera la forma de sus pupilas, alargadas como las de un gato, luminosas en la semipenumbra de la habitación.
La chica que tenía en frente no tenía más años que ella misma. Su cabello azabache caía liso por su espalda hasta la cintura, sujetado por una diadema dorada en forma de línea quebrada, pero ésta no destacaba tanto en la habitación como sus ojos, iluminados por aquel destello rojizo.
Ella seguía contemplando aquellos ojos, intentando bucear en ellos, pero no era capaz de ver más allá. La chica que contemplaba tendría alrededor de 16 años, era alta y esbelta. Era bella, a su manera, pero era una belleza cruel, imán de cualquier mirada.
En la oscuridad no se podía distinguir la ropa que llevaba, pero lo sabía perfectamente: un camisón blanco por encima de las rodillas, muy simple y que no cuadraba para nada con aquella chica, y formaba un cuadro curioso con los copos de nieve que resbalaban por el cristal de la habitación, fruto de un invierno crudo.
El rostro que seguía mirándola era de tez pálida, labios rojizos y maquillaje negro alrededor de sus ojos, remarcando aún más su oscuridad.

Ella lo intentó, y a punto estuvo de conseguirlo, pero aquella mirada penetró al fin en su cordura y la hundió, apagando cualquier atisbo de luz que sus ojos pudieran percibir excepto aquel destello rojo, maldito.
Cuando se sintió derrotada de nuevo la rabia la invadió y, cuando toda la furia que amenazaba con salir de su corazón desbordó, rompió el espejo que le devolvía su lúgubre reflejo de un puñetazo que dejó su mano ensangrentada entre esquirlas brillantes.
Y con un suspiro resignado se arrodilló, escondiendo sus oscuros ojos entre las manos y llorando desconsolada. Había vuelto a perder.
Jamás podría aceptar aquel lado de sí misma, que le pertenecía para siempre.